dissabte, 25 d’octubre de 2008

La Naranja Mecánica

Al final del juicio contra Ricard P. y Oriol P., acusados de de quemar viva a la indigente Rosario Endrinal; la defensa ha aceptado penas mínimas de dos y tres años por homicidio imprudente. Por su parte la acusación pide la condena máxima de veintiocho años y por delito de asesinato, al considerar que cometieron el crimen premeditadamente y aumentando innecesariamente su dolor al morir.

Vamos, que ese horrendo crimen, registrado en las cámaras, creen que ya está suficientemente pagado con un “perdone usted” y un “no quería hacerlo”. ¿No querían? Le arrojan encima un bidón de líquido inflamable, lo encienden con un colilla de cigarrillo –dicen que sólo querían asustarla-, y encima aguantan la puerta para que se queme. ¡No querían hacerlo!

El Caso
Ricardo P. y Oriol P. están acusados de haber quemado viva a Rosario Endrinal en un cajero automático de Barcelona en diciembre del 2005, junto con el menor Juan José M., quien desde el 2006 cumple una condena de 8 años de internamiento, la pena máxima para su edad, que se le impuso en una sentencia de conformidad después de que reconociera los hechos que se le imputaban.

Fracaso social
La actitud chulesca y cobarde los acusados diciendo que el juicio era contra ellos y no para esclarecer la verdad me lleva a equiparar el hecho con el film de Stanley Kubrick, La Naranja Mecánica (1971), basado en el libro de Anthony Burgess publicado en 1962. En ese libro se presenta un joven de familia de clase media, con estudios y poder adquisitivo que disfruta apaleando mendigos o violando mujeres, entre otras delicadezas. Todo cambia el día que asaltan una casa y “sin querer” matan a la propietaria. Es decir un suceso predicho en Gran Bretaña en 1962, llevado al cine en 1971 y hecho realidad en Barcelona en 2005. Un crimen así podía haber ocurrido en cualquier parte del territorio español y, por desgracia, con las premisas sociales existentes, “tenía que pasar”.

Tenía que pasar por la claudicación de la sociedad que se niega a decir NO a actitudes negativas y violentas ya en la infancia, y que compensa esa misma actitud costeando los caprichos de una juventud inmadura y quemada a la vez. A finales de los setenta el mensaje de muchos políticos era “el delincuente es una víctima de la sociedad”. Hoy, esos mismos políticos, instalados ya en el poder y las canas cumplen la función –de su edad-, construyendo más cárceles.

Tenía que pasar por la excesiva permisividad en una sociedad que ha salido de una dictadura donde todo acusado era culpable de antemano, a un sistema, que en principio, todo sospechoso es “presunto”, pero que por obra y gracia de una excesiva bondad, el ciudadano de a pie, y cada vez más, tiene la sensación que se protege al delincuente antes que a la víctima. Ejemplos hay muchos y no me entretendré en darlos ahora.

Las cárceles, en el papel se suponen que son centros de reeducación, en realidad, comparadas con las de otros países, son hoteles de lujo para delincuentes nacionales y extranjeros que están muy lejos de ser centros de reinserción social. No se ha solucionado para nada el tema del delincuente social: ladronzuelo o traficante y ahora tenemos jóvenes desgraciados, pero convertidos en asesinos, educados dentro del sistema y que, a duras penas saben distinguir lo bueno de lo malo que pasarán el resto de sus días entre rejas. La sociedad debería aplicarse el decálogo para NO formar delincuentes, que está en este mismo blog.

Manel Aljama, octubre 2008

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